Sobre el Derecho y la banalidad de la violencia

Cuando Hannah Arendt cubrió para la Newyorker Magazine el juicio a Eichmann, descubrió algo tan simple como que el mal puede ser burocrático. Y es verdad, en varios períodos de la historia universal, nos acostumbramos a convivir con las atrocidades, dictadas por unos cuantos que pretenden o administran o se disputan el poder total. Lo peor es que los ejecutores sólo saben que obedecen, cual funcionarios. No tienen conciencia del mal. Como plantea Jakobs, son fusibles que pueden ser cambiados por el que ordena,  el que mueve los hilos de la barbarie.

¿Qué necesitamos para acostumbrarnos a la violencia? No más que la ejecución repetida de actos que pasan a formar parte del paisaje como los árboles o las nubes, en medio de la  indolencia general de la sociedad.  En el mundo hiperconectado, la sucesión infinita de videos, audios y textos, dan acceso permanente a los actos violentos: fuego, lesiones, muertes, golpes, secuestros, desfilan ante nuestros ojos, hasta hacernos perder la capacidad de asombro.

Los seres humanos, expuestos a imágenes perturbadoras por largo tiempo, se defienden psicológicamente a través de la evasión, de la misma forma como el encarcelado, luego de un tiempo acepta su condición.  El problema es que nos acostumbramos a la nueva realidad, y las consecuencias pueden ser gravísimas. Como dice Frankl: “El hecho de que no exista fecha límite de la forma de existir en el campo de concentración conduce a la experiencia de un futuro inexistente” Y quizá el problema actual, es que si bien estamos muy lejos de ser un campo de concentración, sin embargo producto de tanta violencia alrededor, estamos cayendo en la trampa del «futuro inexistente».

La ley no hace la felicidad

Cuando mi profesor de Derecho romano, en primer año nos leyó las tres frases de Ulpiano: «vivir honestamente, no dañar a otro, dar a cada uno lo suyo», comprendí que eso es todo.  Nuestra ciencia se reduce, con más o menos matices, a crear las condiciones mínimas para que podamos hacer uso de la libertad propia y desarrollarnos sin interferir en la de otros. Y por supuesto que la otra burocratización, ese fenómeno dilatorio que hace de los Derechos un ideal inalcanzable, siempre será enemiga de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

El experimento en el cual Zimbardo juntó personas comunes y corrientes y les dio a unos el rol de carceleros y a otros el de prisioneros, nos demuestra cuan frágiles podemos ser a las peores atrocidades. Mi paso de ocho años por la Defensoría Penal, me enseñó que si bien el ser humano puede ser un lobo para el hombre, también es capaz de los actos más sublimes. Incluso en la prisión política, aquel carcelero que entregó sus zapatos al prisionero que iba descalzo al exilio, nos devuelve la confianza en la humanidad. En los actos más cotidianos, no dependemos de la norma, sino del buen juicio en nuestras cabezas.

El Derecho es incapaz de crear la buena vida del paraíso bíblico, no alcanza para la paz perpetua ni la felicidad eterna, porque como obra humana, tiene objetivos algo más modestos: evita que nos hagamos daño y procura que vivamos en paz. Los milagros son propios de la religión y los creyentes, están muy lejos de las leyes y de las Constituciones. Son órdenes normativos diferentes que sólo a veces intersectan, como ocurre también con los buenos modales. Y hemos cometido el error de ver a la norma fundamental, como la poción mágica que resolverá todos los problemas del país. Algún dia vamos a despertar, y tal vez no sea hermoso.

El respeto a la norma nos hace libres

Para vivir en comunidad, debemos gobernarnos en primer lugar a nosotros mismos. Sea que creamos como Russeau, que la sociedad nos malea, o como Hobbes que sólo el pacto termina la guerra de todos contra todos, creo que  el único antídoto contra la barbarie, es el respeto a la norma.  El Estado sólo puede asegurarnos las condiciones básicas para desarrollarnos, vivir en paz, que nadie nos joda. Todas las sociedades soportan niveles acotados de violencia, los que deben ser controlados por el Estado, que para eso está. Si esos niveles se desbordan, la paz se acaba.

Es curioso, existen múltiples ejemplos de que la intolerancia sólo conduce a las peores tragedias.  Releo el «Tratado sobre la tolerencia» de Voltaire, escrito en 1763,  y veo alrededor múltiples Jean Calais, presas del fuego, los golpes y las balas. Entonces insisto, sólo la adhesión a la norma nos puede salvar de la barbarie. No es tan difícil si volvemos, otra vez, nuestros ojos a la doctrina del Estado de Derecho, del respeto a la integridad física, a la libertad de opinión, a la igualdad ante la ley, al Derecho de propiedad. Mal que mal son también la Constitución histórica.

La democracia supone que las mayorías y minorías deben pactar y respetar lo acordado. Kant dijo que «“El derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos”. Nos damos ciertas reglas del juego, donde sólo el arquero puede tomar la pelota con la mano dentro del área y cualquier otra conducta es severamente penalizada.  En la República es igual, con la gran diferencia que mientras allá se ganan puntos y el derecho a participar en una copa internacional de clubes, acá nos jugamos el futuro de mucha gente, que sólo aspiramos a progresar y vivir en paz.

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