Es necesario pensar el futuro del mundo jurídico

Hemos vivido más de un año esperando que se termine la pandemia. Nos encerramos lo suficiente para que muchas personas vean afectada su economía y salud mental. Pero los seres humanos jamás perdemos la esperanza de que todo vuelva a ser normal.

Así fue en los gulags, en los campos de concentración y en las cárceles políticas. Pero esta vez no podemos ejercer el derecho a la rebelión. Al enemigo esta vez sólo lo derrotarán los científicos. Esperemos que así sea.

Los presos nunca se acostumbran del todo al encierro. Son reducidos a la categoría de niños, en un modelo anulador de libertades donde alguien siempre te dice qué hacer. Todas las relaciones asimétricas fundadas en el autoritarismo, te deterioran humanamente. Por eso quienes han estado largos años en prisión, una vez que recobran la libertad, necesitan aprender a ejercer la libertad.

La necesidad de sobrevivir, nos ha impuesto la obligación de vivir encerrados. Un preso está siempre pensando como recobrar su libertad. Nosotros, seres humanos libres, restringidos en el ejercicio de varios derechos, nos hemos dañado con las cuarentenas. Hemos sido reducidos a la categoría de niños. Y vivimos anhelando la libertad. Pero como dice Christie, toda privación de libertad infringe dolor.

Hemos padecido el dolor. Es el costo de no terminar sedados, intubados y en un funeral ausente de nuestros seres queridos. Es curioso, esta vez la privación de libertad, si tiene un fin terapéutico, los partidarios de las teorías preventivas tienen razón, al menos esta vez.

Creo que el mundo post pandémico nunca será igual al que teníamos. Siempre habrá el peligro de otra crisis, quizá el virus va a mutar para siempre, tal vez estaremos más inmunes, pero no a salvo. Habrá una generación de jóvenes que deberán aprender a relacionarse, niños que no tendrán demasiadas habilidades para la vida. Y sobrevivientes con más de algún problema de salud mental.

Todos habremos pagado algún costo. Nadie saldrá indemne.

Nos asemejamos a esos soldados que vuelven de la guerra con algún miembro amputado. Deben aprender a caminar de nuevo, a vivir con la pérdida. La rehabilitación también comprende el proceso de la aceptación de la nueva realidad.

Quizá hemos esperado demasiado tiempo para rehabilitarnos. Tal vez es el momento de aceptar la mutilación de la libertad plena, traducida en nuevas formas de relacionarnos, otras dinámicas de trabajo, distintas maneras de vivir lo cotidiano. No esperemos que nos crezca nuevamente el órgano perdido, no somos lagartijas, no tendremos cola otra vez.

Vamos más allá de las interminables estadísticas. Por sobre los discursos apocalípticos, es momento de pensar seriamente el mundo legal que viene. ¿Cómo serán las audiencias? ¿Y de qué manera se ejercerán los estándares de defensa? ¿Habrá cambiado el debido proceso?

El peor error es dictar leyes de emergencia. Tal vez llegó el momento de legislar para lo permanente. Hay que saber leer la crisis. La realidad es un texto que urge revisar, subrayar y reflexionar.

Mal que mal, como decía Pascal, somos cañas pensantes.

 

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