La migración no puede ser un ejercicio tan doloroso

Nuestras ciudades han cambiado. Les llamo «las ciudades muertas». La cuarentena ha traído el silencio urbano, pero no el silencio bueno que te permite meditar, oir música o tener una buena conversación con tus afectos. Es el silencio obligado de la prohibición, con esa mezcla de amenaza de muerte por coronavirus o sumario sanitario y la pesada incertidumbre sobre lo que viene.

Con el permiso de la omnipresente comisaría virtual, el pasado lunes me aventuré al centro de la ciudad. Caras ocultas por las mascarillas y multiplicidad de miradas de preocupación en las filas para el banco, los servicios públicos y las tiendas de bienes esenciales.

En el nuevo paisaje urbano , descubro una pareja de jóvenes. Ella lleva su criatura en brazos, que duerme plácidamente y él una bolsa de caramelos. En la pancarta que llevan, se lee que son venezolanos, han llegado recientemente a Chile y piden ayuda, trabajo o comida. A cambio ofrecen caramelos. Llevo mi cámara fotográfica, me parece una escena digna de capturar, pero un súbito dolorcillo en el pecho me dice que no es prudente.

Mi mente rescata la imagen de esa mujer haitiana, que con particular empeño vendía superochos en la costanera, aprovechando las luces rojas del semáforo, cuyo vientre comenzó a abultarse con el tiempo. Hasta la cuarentena, ya vendía frutas, en el mismo lugar con un carrito de supermercado como improvisado escaparate.

El paisaje de nuestras ciudades ha cambiado.

Las sociedades multiculturales como realidad inevitable

Recuerdo claramente que fue el año 2002, cuando leí «Las sociedades multiétnicas», de Gionavnni Sartori. Su conclusión, polémica por cierto, decía que había algunos emigrantes cuya integración era perfectamente posible y otros cuyas características culturales, simplemente la hacían inviable. Era un alegato contra la migración musulmana.

Lo recordé nítidamente cuando leí «Sumisión», aquella novela de Michelle Houllebecq, que nos presentaba a Francia gobernada por islamistas, en el año 2022.

En la sociedad global, es una torpeza creer que puedes levantar un muro y cerrar tus fronteras a la migración, como lo intentó sin éxito el saliente presidente de los Estados Unidos.

Si emigras de tu país te puedes morir y si te quedas es peor

El problema es cómo se está realizando actualmente la migración.

Cuando el grupo de puritanos ingleses en el 1620 abordó aquel barquito que no era más que una nuez, y navegaron hasta la parte oriental de la costa del futuro Estados Unidos, todo estaba por hacerse.

Es muy distinto a las caravanas de hondureños que salen diariamente camino a Estados Unidos, buscando mejores condiciones y en la pasada son apaleados por los policías guatemaltecos, e instados a volver por las autoridades mexicanas.

Tampoco podemos compararlos con las decenas de personas que se aventuran en el desierto y mueren deshidratados o a manos de los bandidos que les , trafican, roban y violan o los que mueren asfixiados y encerrados en el doble fondo de algún camión que transporta ilegales.

Los procesos de emigración en curso, son aún más arriesgados durante la pandemia.

Esas realidades se están replicando de manera preocupante en la frontera norte de nuestro país.

Detrás de tales fenómenos siempre hay un Estado fallido que obliga a emigrar. Así por ejemplo, a la inseguridad y la probreza, los hondureños han debido sufrir la incapacidad de su gobierno para superar la crisis provocada por el paso de dos huracanes. El desorden político y el subdesarrollo de Haití es un problema endémico. La diáspora venezolana, no es precisamente la consecuencia de un supuesto bloqueo de los Estados Unidos.

Una vez más  interviene el Derecho penal

En los procesos de emigraciones ilegales, siempre interviene el crimen organizado, porque las necesidades humanas crean los negocios ilícitos.

Estudiando el tema y luego de ver Immigation Nation, el documental en Netflix, que muestra el trabajo de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas norteamericana,  llego a una conclusión. Es fundamental tener buenas políticas y leyes migratorias, para evitar entre muchos males, al crimen organizado.

Los delitos contra la vida o la indemnidad sexual, pensemos en homicidios o violaciones, son sólo una parte de las posibilidades criminales. También existe la trata de personas. En este fenómeno, los seres humanos son vistos como mercancías, para esclavizarlas laboralmente, en lo sexual, hacerlas ejecutoras de delitos o para extraerles los órganos y en un largo etcétera.

Afortunadamente nuestro país ha advertido el problema y hace esfuerzos importantes para prevenirlo y reprimirlo. Pero el tratamiento integral, va más allá de la vigilancia de las fronteras, para detectar en lo interno, personas en tal condición. Muchas veces, las presiones de las bandas organizadas son tales, que aún  cuando los policías hacen sus mejores esfuerzos para identificar el delito, quienes lo padecen no lo revelan, especialmente en casos de explotación sexual.

Lejos del Derecho penal, otro factor relevante a tener en cuenta, dice relación con las condiciones del país que recibe a los migrantes. Es como invitar o recibir en casa, cuando no podemos. El invitado lo va a pasar mal. No siempre donde come uno, comen dos.

Estas cuestiones me asaltan cuando veo a los migrantes en la ciudad vacía y pandémica. Son fácilmente reconocibles, se ven vulnerables, complicados. Pero ahí están, seres humanos como nosotros y tantos otros que de una u otra forma somos migrantes.

Habrá que ver como evitamos que no sean procesos tan dolorosos.

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