El capitalismo de la vigilancia y el caso Trump

Esta semana, un variopinto grupo de village peoples, partidarios de Donald Trump, irrumpieron en el Capitolio  e interrumpieron la ratificación del triunfo de Joe Biden. La reacción más radical contra el presidente en ejercicio, no vino desde el Estado, desde los parlamentarios o los fiscales. La red social Twitter, decidió suspender indefinidamente la cuenta de Trump.

Se le acusa de riesgo mayor de incitación a la violencia.

La red Twitter cuenta actualmente con 340 millones de usuarios activos. Es el portal de microblogging más importante del planeta, y no ha perdido influencia con la creación de Quora ni de Parler. Esta última, incluso fue excluida de las plataformas de Apple y Google, a propósito del caso Trump, porque fue acusada como el reducto de los trumpistas.

Por supuesto desde el cierre de la cuenta, el presidente norteamericano en ejercicio, perdió su principal vía de comunicación con el mundo. Los simpatizantes que han permanecido en Twitter, han posteado toda clase de mensajes en repudio a la actitud de la plataforma y apoyando a su líder.

Pero hay algo claro, Jack Dorsey, el presidente ejecutivo de Twitter, puede mandar a callar al presidente de los Estados Unidos.

El capitalismo de la vigilancia y el control de Internet

Hace unas semanas, comencé la lectura de «La era del capitalismo de la vigilancia», de Shosana Zhuboff, socióloga y profesora de Harvard. Me inspiró su participación en «El dilema de las redes sociales», aquel documental que se puede ver en Netflix y plantea los problemas éticos de la membresía a los principales gigantes de las redes. En mi opinión es el complemento perfecto luego de leer «El fin del poder» de Moises Naim.

Porque las redes sociales han replanteado el poder.

Cuando nos inscribimos en Google, Facebook, Twitter, Whatsapp o Instagram, somos advertidos que nuestros datos serán recolectados y revisados. Ese material permite a las compañías, advertir nuestro comportamiento en las redes y hacer negocios. 

¿Se ha dado cuenta lo que pasa cuando googlea palabras como «casa», «departamento» o «propiedad en venta»? Mágicamente su perfil de Facebook o Instagram comenzará a mostrarle publicidad sobre inmuebles en venta ubicados en la zona donde usted vive y así es con cualquier producto en venta.

Entonces las redes sociales son un modelo de negocios, y usted con su actividad, les permite precedir a nivel individual y colectivo, a qué intereses deben apuntar, para favorecer el consumo.

El problema es que todos esos datos forman parte de su vida privada. Pero con la membresía, usted les entrega aquellos aspectos de su vida privada. ¿No está de acuerdo? Entonces no puede ser miembro de la red social.

Sin embargo cuando postula o firma el contrato de trabajo, es prohibido al empleador preguntar sobre aquellas preferencias que usted exhibe a los dueños de las redes sociales.

Todo es una cuestión de dinero

Podemos estar o no de acuerdo en la altruista decisión de Twitter de excluir al excéntrico presidente norteamericano, como una forma de proteger la democracia. Pero veamos si es una conducta coherente en el tiempo.

Lo cierto es que en Twitter, no sólo los comentarios de Trump son incómodos para las libertades. La red está llena de encapuchados, que bajo supuestas identidades hacen apología diaria de la violencia. Les llamo encapuchados, porque no se sabe quienes son, tienen nombres supuestos, fotos incluso robadas a terceros e irrumpen cada vez que una tendencia afecta a sus intereses políticos, económicos religiosos o de cualquier tipo.

Y entregan el control de la basura a los propios usuarios que pueden denunciar los tweets y las cuentas.

Creería en la buena voluntad de Twitter si para estar en la red, fuera un requisito, ir con la identidad verificada.

Pero las redes apuestan, a la ley de los grandes números, mientras más personas, más información. Porque finalmente, es un negocio.

El problema de la censura

El capitalismo de la vigilancia concibe a la red como un negocio y no es neutral. Twitter ha sumado puntos con el nuevo gobierno americano y gozará de excelente salud en la era Biden. Pero ha sentando un precedente nefasto.

Los indeseables también tiene derecho a la libertad de expresión, es la diferencia con los totalitarismos donde la censura calla las bocas de los disidentes. Hoy es Trump, mañana podría ser cualquiera que no comparta el pensamiento oficial o camine por la incorrección política. Hace unos días, Cavani, el talentoso jugador uruguayo, fue acusado de racismo y castigado por decir cariñosamente «gracias negrito». ¿Quién sigue?

Me parece un ejercicio inútil, hacer la lista de quienes son apologetas de la violencia en Twitter. Muchos enmascarados, por cierto. Ley pareja no es dura.

Es posible que en el futuro, los seres humanos sean segmentados por intereses creando sus propias redes sociales. Será el fin de la comunidad planetaria. O quizá la post globalización, se trate de cada grupo ideológico enclaustrado en su propia red social.

Hace unos años, leí «El delirio de Turing», la magnífica novela del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. A medio camino entre la crisis del neoliberalismo y revueltas sociales, un grupo de hackers, comienza la guerra electrónica contra el poder. Fue escrita en el 2003 y es inevitable recordarla, cuando nos jugamos la neutralidad de la red.

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