Cuando aprendimos resiliencia

Este es el año más extraño y diferente que a los abogados nos ha tocado vivir. Seguramente alguna vez contaremos a nuestros nietos, como un virus nos relegó a las casas, al más puro estilo de los antepasados que debían guarecerse ante el tigre dientes de sable.

Los Tribunales se cerraron al público, la Fiscalía y la Defensoría dejaron de funcionar presencialmente para el público, la Corte debió reunirse para planificar la nueva realidad. Palabras como «teletrabajo», «protocolo», «autocuidado», «audiencia virtual», «alcohol gel», «temperatura», pasaron a formar parte del léxico común. Nos vimos a través de las pantallas y en la calle nos reconocimos a medias tras las máscaras.

Fue necesario dictar leyes especiales, suspender plazos, reagendar audiencias, nuestros mayores fueron los primeros en irse a las casas y el trabajo comenzó  a escasear de manera dramática. En materia civil, no más allá de notificar la resolución que reciba la causa a prueba, y desde ahí todo paralizado hasta marzo del próximo año.

La pandemia en tribunales

Como en todas las emergencias, el Estado vio en el derecho la oportunidad para ejercer mayor control social y controlar la pandemia. Se modificó el artículo 318 del Código Penal, ampliando su aplicación práctica, pero inmediatamente comenzó la discusión en relación a los delitos de peligro concreto y abstracto. Se implementaron toques de queda cuarentenas, cordones sanitarios.

Pero no, con Derecho no vamos a superar la pandemia. Esta vez sólo la ciencia, las vacunas.

Cientos de personas a lo largo del país  han sido imputadas. En Abril la Fiscalía contaba aproximadamente 8 mil, en septiembre más de 280 mil. Cuando escribo este resumen, en Chile han fallecido 16.449 personas, hay 605.950 casos acumulados. Y todos los días van sumando más. Como siempre ocurre, es dudoso que el Derecho penal haya disuadido a las personas de incurrir en conductas de riesgo.

La reciente llegada de la vacuna, ha abierto las esperanzas de una vida más normal. Así como vamos, en el mejor de los casos, a fines del próximo año estaremos todos vacunados y quizá habremos alcanzado la inmunidad tan necesaria. En el Poder Judicial se esbozan algunos planes para la vuelta progresiva a lo presencial, pero con las razonables cautelas, todo es muy incierto.

Las difíciles proyecciones

Creo que cuando pase la pandemia, nos habremos convertido en personas más concientes de nuestra fragilidad humana frente a lo desconocido. Es posible que valoremos mucho más las cosas sencillas de la vida, aún cuando los conflictos continuarán ocurriendo, mal que mal, es la naturaleza humana y sin leyes, es la guerra de todos contra todos.

Esperemos que algunas prácticas sean mantenidas, más allá de la superación de la pandemia. Las audiencias virtuales en temas rutinarios como los aumentos de plazo, los cierres de la investigación o debates sencillos, deberían continuar a traves de la modalidad de teletrabajo. Es más, debiéramos considerar la práctica virtual en los alegatos ante las Cortes, por ejemplo.

El ahorro de tiempo y recursos es impresionante. Pero es imposible a mi juicio hacer controles de detención, preparaciones de juicio oral o juicios, por vía digital sin afectar el debido proceso.

Este año viene con todo el Proceso Constituyente. La elección de quienes formarán parte de la Convención y el debate sobre el nuevo gobierno judicial, son cuestiones muy relevantes para el futuro de nuestra actividad.  Habrá que discutir también en torno a instituciones emergentes como el control de convencionalidad o las perspectivas de género y el fortalecimiento de los derechos de segunda generación. En todas esas cuestiones hay mucho que decir.

Nuestra vocación es la sobrevivencia y el Derecho

Ha sido un año muy duro para todos. Cada uno con sus lecciones de vida, seguimos habitando el planeta, y nosotros, los dedicados al Derecho, medio absortos, más de alguna vez desconcertados, con temor al contagio, pero sin bajar los brazos. Lo más importante es que el sistema ha seguido funcionando.

Nos queda Pascal:

«El hombre es una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante. No hace falta que el universo se arme para aplastarla: un vapor, una gota de agua basta para matarla. Pero aunque el universo lo aplaste el hombre sería todavía más noble que lo que lo mata, puesto que sabe que muere y el poder que el universo tiene sobre él; el universo, en cambio, no lo sabe.

Toda nuestra dignidad consiste, por tanto, en el pensamiento. Es eso lo que nos debe importar, y no en el espacio o el tiempo, que nunca podremos llenar. Afanémonos, por tanto, en pensar bien: éste es el principio de la moral”.

Vamos que se puede!

 

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