Las últimas cosas

El bueno de Paul Auster, el año 1987, publicó El país de las últimas cosas, un relato distópico sobre la muerte de la ilustración y del mundo post moderno, donde sólo queda sobrevivir. Existe ausencia de poder y la vida es un bien desechable. La energía se ha agotado y las usinas se mueven con los cadáveres cuya sepultura está prohibida, entre varias otras características de aquel mundo, donde no hay ningún valor para la vida.

En lo político, no cabe duda que los países pasan por distintos ciclos, y a veces se suceden los mensajes apocalípticos. Es el relato de algunos sectores. La suma de la crisis social y la sanitaria, ha causado un profundo daño a Chile, que no logra encauzar los acuerdos necesarios para que el proceso constituyente se desarrolle en un ambiente pacífico y dialogante. Se suceden las acusaciones constitucionales y amenazas, existe una intención cierta de crear inestabilidad política.

Es absurdo creer que estamos en un ciclo terminal. No parece razonable hacer discursos catastrofistas, pero se extraña una mayor adhesión al acuerdo del 15 de noviembre de 1989, que marcó el camino a la constituyente. Leo los diarios de hoy domingo y las columnas de opinión coinciden en la falta de autoridad y conducción, motivados en gran parte por lo ocurrido durante la semana, a propósito del nuevo retiro del 10% de los fondos de las AFP.

No creo que esta decisión sea el producto de falta de conducción, sino de la crisis pandémica y social que nos ha puesto en una posición extraordinaria, de emergencia, porque las personas necesitan mayor liquidez para cubrir sus necesidades y compromisos. Y acá abajo, en el mundo real, la necesidad tiene cara de hereje, más allá de las consideraciones técnicas en torno a un sistema, que claramente al 2020, no permite jubilar con el 100% del sueldo.

El actual debate político es muy distópico. Se suceden de ambos bandos las voces catastrofistas, que en tono amenazante o sombrío, nos pintan un mal futuro. Pero leo que en enero podrían llegar las primeras dosis de vacuna contra el coronavirus, esperemos que en abril estemos todos inmunizados y haciendo una vida más normal que ahora. Así nos quitaríamos de encima una de las presiones más importantes para mirar el porvenir con otros ojos.

Cosa distinta es la materialización del espíritu de noviembre de 2019, donde en torno al diálogo y las negociaciones, se alcanzaron acuerdos cuya viabilidad depende de la buena fe de los firmantes. Nosotros, acá abajo, nos merecemos la vuelta a la normalidad, la exclusión de la violencia, en suma las condiciones para vivir en paz. Para eso elegimos presidente y parlamentarios. Y lo anterior sólo es posible con una democracia estable, libre de miedos.

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